jueves, 9 de febrero de 2017

CORCOVADO

Con los brazos abiertos

Recibí un whatsapp a las 11 de la noche del Lunes 

- ¿Lucy, qué planes para mañana?


Día y medio después haber llegado a Río estaba entre un

- “Lo quiero todo” o “aún lo estoy pensando porque estoy entre esto, eso y aquello…ah sí y eso también!......."  
¿Y tú???

-   Mañana hago Corcovado, ¿quieres?

- Siiiiiiiiiiii ¡vamos!






Conocí a Luis en el aeropuerto de Sao Paulo, una escala que me hizo correr con las maletas y la cartera de mano por una hora.  Él hablaba portugués y yo en plan de “por favor no te vayas, ayúdame que me va a dejar el avión!!!”

Sinceramente en cada viaje me pongo en plan de CUALQUIER PARECIDO CON LA REALIDAD ES PURA COINCIDENCIA, o en mi caso más bien debería ser algo como “cualquier parecido con la ficción es realmente PURA COINCIDENCIA”.  Y ese día estrené mi viaje a Brasil olvidando en el avión el formulario para llenar mis datos antes de pasar por migraciones.  Al rescate estaba en plan de auténtico hero, Luis, que debo reconocer me ayudó cada vez que pudo y creo que hasta cuando no podía. Aún ahora me dice que sigo retando su paciencia…

Después de correr juntos por todo el aeropuerto, contra el reloj, un 25 de diciembre, finalmente nos dimos cuenta que yo necesitaba hacer un viaje más antes de Río. Su vuelo salía en otro avión y debía embarcar ¡ya! Pero prefirió correr conmigo hablándole a todos en portuñol, más inclinado a lo “portu” que a lo “ñol”, hasta que se aseguró que me dejaba sana y salva en manos de una tripulante, regia ella, que se supone dominaba la información que solucionaría todas mis dudas.  Solo en ese momento se fue y aún sigo tan agradecida.  El único inconveniente sería que esta chica se equivocó en todos los datos que me dio y me mandó a otro lado. ¡Replop!

Terminé encontrando el camino sola y estresada por estar a punto de perder el avión que me dejaría por fin en Río de Janeiro.

Llegué muerta de cansancio, y de hambre. Tanto que la comida del avión me supo a lo más delicioso del mundo.

Por fin estaba en aquel lugar que sellaría de la mejor manera los días más lindos de fin de año que alguna vez hubiese tenido (y he tenido cierres buenísimos…pero ninguno como este).

Era casi medianoche en un día de navidad, con un aeropuerto vacío, sin nadie que me entendiera ni en inglés ni en castellano y sin wifi…Hablando en castellano, en inglés y con señas ya cuando me empecé a desesperar porque no me entendían, fue que finalmente me enrumbé en un taxi rumbo a mi ahora adorado Leblón.  Río hermoso, bello. Sí, incansablemente…¡Mil veces lindo!!!
Todavía recuerdo La Laguna iluminada, ese espacio que sería mi lugar favorito de todo el viaje.  Esa laguna hermosa que esa noche me daría el encuentro por primera vez.  Nueve días incasables y perfectos me esperaban…aún extraño todo y a todos…

La siguiente vez que  Luis y yo nos vimos fue en Copacabana,  listo para enrumbar a Corcovado.


Fue bueno volver a verlo y que resultara una suerte de guía, yo que de pronto me vuelvo tan distraída y me encierro en mi mundo en donde todo es sed por encontrar y descubrir, y no existe casi nada más.

Primero perdimos las botellas de agua hasta el punto de “¡pero tú las tenías!!!” “no es verdad, fuiste tú”; luego fueron sus boletos para la van, esos que finalmente aparecieron, y entonces por fin instalados y tranquilos empezamos a planear que más podíamos hacer juntos en ese viaje que recién comenzaba.  Sorprendida andaba por verlo tan organizado,  era contagiante esa estructura medio desestructurada que tenía. Me resultó divertido compartir el espacio de uno de mis adorados viajes sola. Además, es cierto eso de que me sentía más ubicada con él al lado.


Llegamos y desde abajo sabíamos que en cuestión de minutos estaríamos viendo al famoso Cristo Redentor. Hacer una cola por aquí, pasar otra por allá, ver familias completas de un lado, parejas enamoradas por el otro, ancianos, niños y recién nacidos en brazos, turistas de todas partes del globo y nosotros…esperando por lo mismo en medio de un lugar donde el sol ya amenazaba con superarse a sí mismo en un país que nos había recibido con 40°C de temperatura y una sensación térmica de 45°.  Literalmente, nos deterretíamos.

Ya faltaba poco para llegar...


- Felizmente hemos venido temprano, el sol no nos destruirá -  Fue lo último que le oí decir hasta que…

- Por favor no pierdan sus boletos de ingreso, si pierden el ticket principal no podrán entrar - Le oí decir al guía del grupo.

Estaba segurísima que tenía todo hasta que…”Señorita pase por favor…”

-  ¡Luis!!!!!! ¡Me muero! ¡Te juro que los tenía acá!!!! ¿Dónde están? ¡En serio los tenía conmigo…Se cayeron en la van y no me di cuenta!!!

- ¡Te mato!

- Pero…no puede ser juro que los tenía conmigo!!!” – Me estoy viendo como en un slider, abriendo los ojos inmensos y poniendo la cara más triste que me puedo imaginar en cualquier anime nunca antes visto…

Felizmente tenía el boleto de compra. Ya solo recuerdo, como en cámara lenta, que subí a una van vacía que me llevó abajo, durante media hora, hacia a la entrada de Corcovado para que me dieran otro boleto. 

Luis se quedó del otro lado de la valla.

Me dieron el ticket y tuve que hacer la cola ooootra vezzzz.  Ya había pasado más de una hora y en esos 60 minutos el sol ya quemaba.  Media hora más…y por fin subir otra vez. Me dio pena pensar que haría ese trayecto sola, pero bueno, ya estaba ahí.

Llegué y empecé a subir  lento, y de pronto, ahí estaba el pobre Luis con cara de muerto, sentado en el suelo, y ya fuera del grupo con el que llegamos.  Esperándome.

Eso que pones cara del gato de Shrek: 

- ¡Lo siento!!!!!! No fue mi culpa…se cayeron sin que me diera cuenta L 

- Ya vamos…

Y así fue que llegamos.  Ahí estaba Él, esperándonos, imponente y poderoso. Bello. TODO.


A Luis la cara le cambió cuando empezamos a hablar de fotografías y lo ideal del lugar para tomar miles. Saqué la cámara, ambos sabíamos las fotazos que obtendríamos con ella.  De pronto, otra vez estábamos matándonos de la risa.

Y ahora que lo pienso, creo que le producía cierta sensación de “hay que protegerla”. Y como soy la efusividad andante imagino que se divertía más aún. NOS divertíamos.

Y tal cual lo cuento ahora, el recorrido fue diversión pura todo el tiempo…


El recinto de pronto estaba inundado de gente, tomarse una foto era cada vez más y más complicado. Ambos nos peleábamos por la cámara. Queríamos congelar todos los momentos que se pudieran y así pudimos aprovechar súper bien los espacios que teníamos casi en plan de “tu turno”.

A veces es gracioso cuando los hombres ya grandes parecen niños.  Ni bien llegamos a tener la vista preciosa e inmensa desde lo más alto, lo primero que escuché fue “¡Foto con el Maracaná!!!!!!”

Como casi me había roto el tímpano no me quedó más que  mirarlo con odio, “de mentira”, luego reírme y desde luego decirle que sí.  Él tendría sus fotos con el Maracaná y yo con  el resto del paisaje precioso.



Las vistas desde allá arriba siempre son perfectas, son eternas y te ubican en un momento que no quieres que se acabe nunca.  Me acababa de ocurrir eso hacía pocos días en Monserrate, Bogotá (pero esa info es para otro post), y en Corcovado pude repetir la sensación maravillosa de paz al ver un pedazo del mundo allá a lo lejos, esta vez con el mar hermoso de Brasil y cada pieza que lo acompaña en la fabulosa ciudad de Río de Janeiro. Era perderse en un retrato hermoso y querer parar el tiempo...


Y claro, Cristo siempre con los brazos abiertos, recibiendo al mundo entero a sus pies…literalmente.


Nos quedamos varias horas, conociendo gente, agotando por completo la batería de la cámara, perdiéndose cada uno de manera personal en ese paisaje lindo y riéndonos de todo.


Listo.  Una vez más, un día nuevo en Río que resultó PERFECTO.

Regresaríamos muertos de hambre a Copabana, quedando en vernos unas horas después para ir al “Pan de Agua”…

- ¡Pan de Azúcar Lucy!!!

Hasta ahora le digo Pan de Agua al Pan de Azúcar…

Nunca hicimos ese recorrido juntos pero, de hecho, nos volveríamos a ver muy pronto  en mi tour cultural por el Teatro Municipal de Río…¡Pura maravilla!!!!!!!!

Otro post para eso ¿ya?


No me canso de decir y pensar que Río es un destino para volver una y otra vez…Y otra, y otra vez… para siempre. Jamás agotará.  Porque es perfecto de principio a fin.


Ya regreso con más J.

Lucy  

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